miércoles, 24 de septiembre de 2014

Un viaje a Zaragoza con sorpresa

Cuando a principios de verano mi marido y yo cogimos vacaciones y nuestros amigos Inés y Pepe nos propusieron hacer juntos un viaje a Zaragoza, ni yo ni José estábamos muy convencidos.

Nosotros ya conocíamos la ciudad, porque estuvimos allí el año pasado visitando a una tía de José. Si bien es verdad que no nos dio tiempo entonces a hacer turismo y vimos el centro urbano y poco más, tampoco me llamó demasiado la atención esa provincia. Supongo que fue por culpa de las circunstancias y de las prisas.

Inés y Pepe, en cambio, hablaban maravillas de toda aquella zona y tenían especial interés en conocer el Monasterio de Piedra.

Yo había oído hablar de él en infinidad de ocasiones. En concreto, por ese paraje, sí sentía yo un poco de interés y curiosidad por verlo.

Así que al final decidimos hacer el viaje con ellos.

Nunca imaginamos que aquella excursión cambiaría para siempre nuestras vidas.

Llegamos a Zaragoza un jueves por la tarde. Al día siguiente, estaba prevista la salida –a las nueve de la mañana- en autobús para ir al Monasterio, en la población de Nuévalos.

Quedé fascinada durante dos horas viendo aquel sorprendente espacio natural. Nos fueron guiando para ver los puntos más conocidos, como el Mirador de la Cola de Caballo, la Gruta Iris, el salto de agua de la Cola de Caballo, la Peña del Diablo, el Lago del Espejo, el Lago de los Patos…

Fue justo cuando mirábamos la Peña del Diablo (sobre las doce del mediodía), cuando una sombra descomunal eclipsó el sol. Miramos todos hacia el cielo y no pudimos creer lo que estábamos viendo: un pájaro con alas, de al menos tres metros cada una de envergadura, se acercaba hacia nosotros volando. Con un movimiento rápido y seguro, se posó sobre la Peña del Diablo y nos miró con sus ojos rojos y luminosos como brasas.

Gritos, desmayos, pánico… En unos segundos el caos se adueñó de los visitantes. José y yo nos quedamos paralizados por el miedo y la curiosidad y fuimos capaces de mirar con detenimiento lo que teníamos delante.

Un dragón. Como los de las películas, pero de verdad.

Tenía una expresión feroz en la cara, grandes colmillos y piel escamosa de color azul y verde.

De pronto, empezó a lanzar fuego por la boca, en todas direcciones. Se notaba que estaba enfadado.

José y yo conseguimos ponernos a cubierto detrás de unas rocas, y desde allí seguimos observando al increíble animal. Entonces observé y me di cuenta de cuál era la razón de su enfado: no paraba de agitar su pata derecha, que estaba encadenada a la izquierda, por una cadena de gruesos eslabones, cerrada con un gigantesco candado. El pobrecillo dragón quería liberarse de aquella trampa y por eso no paraba de lanzar fuego y rugir. Por sus expresiones de dolor, se notaba que las cadenas le hacían daño.

Así que me armé de valor, enarbolé una bandera blanca y fui a hablar con el dragón, que se mostró muy comprensivo y me explicó en la lengua dracona –que conozco desde pequeña- que su domador –un hombre malvado –lo había encadenado, pero él logró escapar.

Entonces recordé que esa misma mañana, un hombre en la calle me dio un papel con publicidad de un cerrajero barato en Zaragoza. El papel seguía en mi mochila. Lo saqué, lo llamamos y en menos de media hora llegó y liberó al dragón de su trampa. En agradecimiento, el dragón –que se llamaba Renato- nos entregó a cada uno (a José, al cerrajero y a mí), una escama de su cola, que trae buena suerte.

Al día siguiente nos tocó la primitiva y ahora somos millonarios.

Y yo sin saber que había dragones en Zaragoza…

Gracias, Renato. Te queremos.

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