martes, 24 de junio de 2014

Las cosas que pasan en un autobus

Desde pequeña, soñaba yo con conocer Zaragoza.

Me gusta hacer turismo nacional en mi propio país, España, de modo que aprovechando mis vacaciones, cada verano elijo una o dos ciudades españolas para conocerlas a fondo.

Pero Zaragoza era una de mis asignaturas pendientes, porque se había convertido en algo así como un destinado “gafado”. Siempre que me proponía ir, me sucedía algo.

La última vez, una ciclogénesis explosiva de esas, fue a impactar con la faz de la tierra justo una hora antes de mi llegada. Se armó tanto follón, que cortaron la carretera y hubo retenciones kilométricas. En cuanto alcancé el primer desvío, salí y me di media vuelta.

Me pareció mentira cuando al fin me encontré en la habitación de mi hotel en pleno centro de la ciudad maña.

Esta vez no había sucedido nada.

O al menos eso pensaba yo.

A las nueve de la mañana del día siguiente, tenía un viaje programado para conocer Tarazona, ya que me interesaba muchísimo su catedral y La Zuda. Me pareció una población preciosa, que, por si no lo sabéis, ha sido declarada Patrimonio Histórico Nacional.

Todo transcurrió a la perfección. Comimos muy bien en un restaurante típico del pueblo y nuestro guía hizo un trabajo excepcional, explicándonos hasta el menor detalle de la zona.

Entonces llegó la hora de tomar el autobús de vuelta a Zaragoza.

¿Y sabéis qué pasó?

Pues ni más ni menos que el conductor había tenido un percance y las llaves del vehículo acababan de caérsele a una alcantarilla, cuyas aguas fecales las arrastraron hasta vete tú a saber dónde...

Y allí estábamos el grupo de 20 excursionistas, nuestro guía y el azorado conductor esperando delante del autobús sin saber qué hacer.

Por suerte, el propietario del restaurante donde comimos, nos vió y llamó por teléfono a cerrajero Zaragoza, que tenía una cerrajería en el mismo pueblo y enseguida abrió el autobús, sin ni siquiera estropear la cerradura ni ninguna otra parte del vehículo.

Al fin nos pusimos en marcha de regreso al establecimiento hotelero. Claro que las peripecias no habían concluido aún, porque a 13 kilómetros de la capital, al autobús se le pinchó una rueda, de modo que tuvo que parar en el arcén de la autovía y esperar que otro vehículo de la misma compañía viniera a “rescatarnos”.

Llegamos con dos horas de retraso, así que me perdí la obra de teatro que tenía prevista ver a las nueve.

Otra vez será.


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