lunes, 18 de marzo de 2019

El posicionamiento SEO mas viajero

Fue en febrero de 2012 cuando tuve la genial idea de viajar a Burgos.

La ola de frío que azotó al país justo ese invierno, se cebó conmigo durante todo el trayecto y más aún cuando logré alcanzar mi destino en la capital burgalesa.

Jamás había pasado tanto frío en mi vida: los termómetros llegaron a bajar en algunas zonas a veinte grados bajo cero.

Yo me convertí en una especie de sabañón andante.

Por fortuna, aquella es una ciudad bien preparada para el frío, y después de unos buenos vinos de la tierra, algún que otro guiso y sus sabrosas morcillas, mi organismo comenzó a entrar en calor.

¿Y qué hacía yo, residente en Málaga de toda la vida, a tantos kilómetros de mi cálida y bella ciudad, en medio de aquella blanca y gélida Siberia Ibérica?

Oh, c'est l'amour...

Pues estaba allí porque había ido a visitar a mi novio el informático y experto en posicionamiento SEO.

Cuando lo conocí hace 2 años, la primera vez que me contó que él era especialista en posicionamiento, pensé que se burlaba de mí y me quería decir con ello que tenían interés sexual hacia mi persona y que deseaba practicar conmigo técnicas del kamasutra. Apunto estuve en aquel momento de tener una seria pelea con él.

La ignorancia es atrevida.

Por suerte, me contuve y busqué en internet qué era eso del posicionamiento y del SEO.

Descubrí atónita que era una profesión muy digna y muy requerida por empresas y profesionales que tratan de dar a conocer sus negocios y conseguir más clientela.

Y saber que mi futuro novio no era un pervertido sexual me alivió mucho, porque yo para casarme y tener hijos, quiero un hombre decente y no el primer bárbaro que se cruce en mi camino.

Es lo que mi madre me enseñó desde la cuna.

Con el tiempo, incluso ha aprendido un montón de cosas sobre eso del posicionamiento SEO y los buscadores de internet, y como se está convirtiendo en un factor indispensable para multitud de negocios. De hecho, rara es la mediana  o gran empresa que no cuenta ya con un departamento interno dedicado a estos menesteres.

La diferencia entre contar o no contar con un buen servicio de posicionamiento suele ser más que significativa.

Y como suele decir mi novio, quien no está en Google, no existe.

Ah, y volviendo al tema del viaje y la ola de frío, no os perdáis lo que me pasó el tercer día de estar allí.

A mi novio lo llamó un cliente de León y tuvo que ir a visitarlo. La noche antes me contó que había un pueblo leonés llamado Castrillo de los Polvazares, próximo a Astorga, donde se comía el mejor cocido maragato de toda la Maragatería.

Y como me las maragatería yo, que al final me convenció para ir hasta allí a probar el dichoso cocido.

El caso es que quedamos atrapados en una carretera de montaña y tuvieron que rescatarnos en helicóptero.

Me quedé sin probar el cocido y le dije a mi novio que habíamos terminado.

Aquello fue demasiado. ¡Mira que hacerme eso a mí!

jueves, 14 de febrero de 2019

Un viaje con sorpresa

Cuando a principios de verano mi marido y yo cogimos vacaciones y nuestros amigos Inés y Pepe nos propusieron hacer juntos un viaje a Zaragoza, ni yo ni José estábamos muy convencidos.

Nosotros ya conocíamos la ciudad, porque estuvimos allí el año pasado visitando a una tía de José. Si bien es verdad que no nos dio tiempo entonces a hacer turismo y vimos el centro urbano y poco más, tampoco me llamó demasiado la atención esa provincia. Supongo que fue por culpa de las circunstancias y de las prisas.

Inés y Pepe, en cambio, hablaban maravillas de toda aquella zona y tenían especial interés en conocer el Monasterio de Piedra.

Yo había oído hablar de él en infinidad de ocasiones. En concreto, por ese paraje, sí sentía yo un poco de interés y curiosidad por verlo.

Así que al final decidimos hacer el viaje con ellos.

Nunca imaginamos que aquella excursión cambiaría para siempre nuestras vidas.

Llegamos a Zaragoza un jueves por la tarde. Al día siguiente, estaba prevista la salida –a las nueve de la mañana- en autobús para ir al Monasterio, en la población de Nuévalos.

Quedé fascinada durante dos horas viendo aquel sorprendente espacio natural. Nos fueron guiando para ver los puntos más conocidos, como el Mirador de la Cola de Caballo, la Gruta Iris, el salto de agua de la Cola de Caballo, la Peña del Diablo, el Lago del Espejo, el Lago de los Patos…

Fue justo cuando mirábamos la Peña del Diablo (sobre las doce del mediodía), cuando una sombra descomunal eclipsó el sol. Miramos todos hacia el cielo y no pudimos creer lo que estábamos viendo: un pájaro con alas, de al menos tres metros cada una de envergadura, se acercaba hacia nosotros volando. Con un movimiento rápido y seguro, se posó sobre la Peña del Diablo y nos miró con sus ojos rojos y luminosos como brasas.

Gritos, desmayos, pánico… En unos segundos el caos se adueñó de los visitantes. José y yo nos quedamos paralizados por el miedo y la curiosidad y fuimos capaces de mirar con detenimiento lo que teníamos delante.

Un dragón. Como los de las películas, pero de verdad.

Tenía una expresión feroz en la cara, grandes colmillos y piel escamosa de color azul y verde.

De pronto, empezó a lanzar fuego por la boca, en todas direcciones. Se notaba que estaba enfadado.

José y yo conseguimos ponernos a cubierto detrás de unas rocas, y desde allí seguimos observando al increíble animal. Entonces observé y me di cuenta de cuál era la razón de su enfado: no paraba de agitar su pata derecha, que estaba encadenada a la izquierda, por una cadena de gruesos eslabones, cerrada con un gigantesco candado. El pobrecillo dragón quería liberarse de aquella trampa y por eso no paraba de lanzar fuego y rugir. Por sus expresiones de dolor, se notaba que las cadenas le hacían daño.

Así que me armé de valor, enarbolé una bandera blanca y fui a hablar con el dragón, que se mostró muy comprensivo y me explicó en la lengua dracona –que conozco desde pequeña- que su domador –un hombre malvado –lo había encadenado, pero él logró escapar.

Entonces recordé que esa misma mañana, un hombre en la calle me dio un papel con publicidad de un cerrajero barato en Zaragoza. El papel seguía en mi mochila. Lo saqué, lo llamamos y en menos de media hora llegó y liberó al dragón de su trampa. En agradecimiento, el dragón –que se llamaba Renato- nos entregó a cada uno (a José, al cerrajero y a mí), una escama de su cola, que trae buena suerte.

Al día siguiente nos tocó la primitiva y ahora somos millonarios.

Y yo sin saber que había dragones en Zaragoza…

Gracias, Renato. Te queremos.